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viernes, 28 de enero de 2022

Rafael Alberti. Sobre los ángeles

LOS ÁNGELES DE LAS RUINAS

Pero por fin llegó el día, la hora de las palas y los cubos.

No esperaba la luz que se vinieran abajo los minutos

porque distraía en el mar la nostalgia terrestre de los ahogados.

Nadie esperaba que los cielos amanecieran de esparto

ni que los ángeles ahuyentaran sobre los hombres astros de cardenillo.

 

Los trajes no esperaban tan pronto la emigración de los cuerpos.

Por un alba navegable huía la aridez de los lechos.

 

Se habla de la bencina,

de las catástrofes que causan los olvidos inexplicables.

Se murmura en el cielo de la traición de la rosa.

Yo comento con mi alma el contrabando de la pólvora,

a la izquierda del cadáver de un ruiseñor amigo mío.

No os acerquéis.

 

Nunca pensasteis que vuestra sombra volvería a la sombra

cuando una bala de revólver hiriera mi silencio.

Pero al fin llegó ese segundo,

disfrazado de noche que espera un epitafio.

La cal viva es el fondo que mueve la proyección de los muertos.

 

Os he dicho que no os acerquéis.

Os he pedido un poco de distancia:

la mínima para comprender un sueño

y un hastío sin rumbo haga estallar las flores y las calderas.

 

La luna era muy tierna antes de los atropellos

y solía descender a los hornos por las chimeneas de las fábricas.

Ahora fallece impura en un mapa imprevisto de petróleo,

asistida por un ángel que le acelera la agonía.

Hombres de cinc, alquitrán y plomo la olvidan.

 

Se olvidan hombres de brea y fango

que sus buques y sus trenes,

a vista de pájaro,

son ya en medio del mundo una mancha de aceite,

limitada de cruces por todas partes.

Se han olvidado.

 

Como yo, como todos.

Y nadie espera ya la llegada del expreso,

la visita oficial de la luz a los mares necesitados,

la resurrección de las voces en los ecos que se calcinan.

 

 

jueves, 5 de agosto de 2021

Rafael Alberti. Marinero en tierra

 
 
Yo, marinero en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,
 
sueño en ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares
al sol ardiente y a la luna fría.
 
¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares
islas del norte! ¡Blanca primavera,
desnuda y yerta sobre los glaciares,
 
cuerpo de roca y alma de vidriera!
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
bajo el plumero azul de la palmera!
 
Mi sueño, por el mar condecorado,
va sobre su bajel, firme, seguro,
de una verde sirena enamorado,
 
concha del agua allá en su seno oscuro.
¡Arrójame a las ondas, marinero:
—Sirenita del mar, yo te conjuro!
 
Sal de tu gruta, que adorarte quiero,
sal de tu gruta, virgen sembradora,
a sembrarme en el pecho tu lucero.
 
Ya está flotando el cuerpo de la aurora
en la bandeja azul del océano
y la cara del cielo se colora
 
de carmín. Deja el vidrio de tu mano
disuelto en la alba urna de mi frente,
alga de nácar, cantadora en vano
 
bajo el vergel azul de la corriente.
¡Gélidos desposorios submarinos,
con el ángel barquero del relente
 
y la luna del agua por padrinos!
El mar, la tierra, el aire, mi sirena,
surcaré atado a los cabellos finos
 
y verdes de tu álgida melena.
Mis gallardetes blancos enarbola,
¡oh marinero!, ante la aurora llena
 
¡y ruede por el mar tu caracola!