Mostrando entradas con la etiqueta Olga Orozco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Olga Orozco. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de agosto de 2022

Olga Orozco. Los juegos peligrosos

LA CARTOMANCIA

 

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,

óyelos desgarrar la tela del presagio.

Escucha. Alguien avanza

y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.

Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas de ayer y de mañana.

Pero alguien ha llegado.

Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos

donde ya no eres más que una bujía desgarrada,

una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,

por helechos.

 

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.

Siete respuestas tienes para siete preguntas.

Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:

a tu derecha el Ángel,

a tu izquierda el Demonio.

 

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte

con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?

¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?

Las Estrellas alumbran el cielo del enigma.

Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara

porque su luz es de otro reino.

 

Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

Vale más descifrar el nombre de quien entra.

Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.

Es el huésped de siempre.

Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.

No preguntes quién es. Tú lo conoces

porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos

y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:

un poema en que todo fuera ese todo y tú

algo más que ese todo.

Pero nada ha llegado.

Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.

Y acaso sea tarde.

 

Veamos quién se sienta.

La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana

tiene por corazón la mariposa negra.

Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.

Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,

donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida

en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.

Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

Cuídate del amor que es quien se queda.

 

Para hoy, para mañana, para después de mañana.

Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.

Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.

Pero jamás conocerás la paz,

porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.

No dormirás del lado de la dicha,

porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,

y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

 

¿Quieres saber quién te ama?

El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.

Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.

Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.

Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,

y se quedó llorando sobre cada vergüenza.

Tú levantaste el  muro  que ampara, pero  fue sin  querer la Torre que lo encierra:

una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.

En tanto el Carro aguarda la señal de partir:

la aparición del día vestido de Ermitaño.

Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.

Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,

ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,

y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos

que se hunden sin salvación y sin consuelo.

 

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,

porque voy a mostrarte quién te odia.

¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?

¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?

Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,

la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,

la que sepulta la torcaza en  tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,

la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.

No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,

pues su poder no es otro que el ser otra que tú.

Tal es su sortilegio.

Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,

y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,

hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,

que su triunfo no es triunfo

sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,

un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

 

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.

Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.

No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.

No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,

porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.

Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer

y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos

con espadas, con oros y con bastos.

Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.

Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.

La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.

Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

He aquí que los Reyes han llegado.

Vienen para cumplir la profecía.

Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte

hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

 

 

domingo, 22 de mayo de 2022

Olga Orozco. Las muertes

CARINA

 

Yo morí de un corazón

hecho cenizas.

Crommelynck, Carina

 

Adiós, gacela herida.

Tu corazón manando dura nieve es ahora más frío que la corola abierta en la escarcha del lago.

Déjame entre las manos el último suspiro

para envolver en cierzo el desprecio que rueda por mi cara,

el asco de mirar la cenagosa piel del día en que me quedo.

Duerme, Carina, duerme,

allá, donde no seas la congelada imagen de toda tu desdicha,

ese cielo caído en que te abismas cuando muere la gloria del amor,

y al que la misma muerte llegará ya cumplida.

Tu soledad me duele como un cuerpo violado por el crimen.

Tu soledad: un poco de cada soledad.

No. Que no vengan las gentes.

Nadie limpie su llanto en el sedoso lienzo de tu sombra.

¿Quién puede sostener siquiera en la memoria esa estatua sin nadie donde caes?

¿Con qué vano ropaje de inocencia ataviarían ellos tu salvaje pureza?

¿En qué charca de luces mortecinas verían esconderse el rostro de tu amor consumido en sí mismo como el fuego?

¿Desde qué innoble infierno medirían la sagrada vergüenza de tu sangre?

Siempre los mismos nombres para tantos destinos.

Y aquel a quien amaste,

el que entreabrió los muros por donde tu pasado huye sin detenerse como por una herida,

sólo puede morder el polvo de tus pasos,

y llorar, nada más que llorar con las manos atadas,

llorar sobre los nudos del arrepentimiento.

Porque no resucitan a la luz de este mundo los días que apagamos.

No hablemos de perdón. No hablemos de indulgencia.

Esos pálidos hijos de los renunciamientos,

esos reyes con ojos de mendigo contando unas monedas en el desván raído de los sueños,

cuando todo ha caído

y la resignación alza su canto en todos los exilios.

Duerme, Carina, duerme,

triste desencantada,

amparada en tu muerte más alta que el desdén,

allá, donde no eres el deslumbrante luto que guardas por ti misma,

sino aquella que rompe la envoltura del tiempo

y dice todavía:

Yo no morí de muerte, Federico,

morí de un corazón hecho cenizas.

 

 

miércoles, 19 de enero de 2022

Olga Orozco. Desde lejos

UN PUEBLO EN LAS CORNISAS

 

Es un pueblo disperso por áridas distancias,

por épocas que dejan una mortal sentencia entre las piedras,

aquel que se levanta, tan obstinadamente,

como si en esos gestos repetidos a lo largo de sueños y desvelos,

guardáramos, también, la esperanzada imagen de todos nuestros gestos,

su lejano destino.

 

Envueltos desde siempre en el canto nostálgico del tiempo

como en una mortaja que interminablemente los irá oscureciendo,

esos pálidos seres,

apenas sostenidos por angustioso afán de la memoria,

detienen con desiertas señales aquel día que antaño los condujo a esa gran soledad

o a esa larga velada en que de pronto se consumió la vida.

 

Solamente la lluvia y los transidos huéspedes del viento

remolinos de briznas, pájaros agobiados por un ala invencible,

o errantes humaredas que abandonan una trémula aureola

rodean, vanamente,

una triste cabeza cuyo cuerpo cubrieron las paredes,

unas manos hundidas en la inmóvil corriente de largas cabelleras,

un semblante asomado a algunas flores,

a una página hueca,

a otro rostro sumido en lo imposible.

 

Mientras pasan y tornan nuestras cambiantes sombras,

y nuestra misma imagen se pierde en los espejos bajo aquellos que fuimos,

cada vez más incierta,

como labrada en inasible bruma,

ellos,

testigos de ese coro de ahogadas resonancias, de confusos olores,

con el que cada casa penetra con su aliento a través de las otras,

custodian, impasibles, nuestra eterna esperanza,

con igual lejanía que la de un corazón demasiado colmado.

 

Porque son ese pueblo cuyo ademán paciente convocamos como a un resto de amor,

como a un secreto que se ampara en el polvo,

como a un recuerdo único que en la sangre perdura para cumplir la antigua, sagrada profecía:

“Tan sólo el verdadero de todos cuantos fuiste contemplará caer la sombra de los siglos.”