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miércoles, 18 de mayo de 2022

Rosario Castellanos. En la tierra de en medio

 
 
La oscuridad engendra la violencia,
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen.
 
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.
 
Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
 
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
 
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)
 
No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a la Devoradora de Excrementos.
 
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
 
Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.
 
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía, traiciono a todos.
 
Recuerdo, recordamos.
 
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
 
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
 
 

lunes, 16 de mayo de 2022

Rosario Castellanos. Materia memorable

  
                                                                            A Gertrudis Duby
 
He buscado mi rostro entre las piedras
señal de cataclismo
y sólo hallé la resquebrajadura
donde el tiempo triunfó; donde la guerra
clavó su lanza que es necesidad,
necesidad con punta de hierro ya mellado
y con asta podrida del viento y de intemperie.
 
Busqué mi rostro allí donde el antepasado
marcó su huella en signos, en figuras
y no reconocí más que el misterio.
Aquí estuvo y no está, rescoldo frío
junto al que nadie puede detenerse.
 
Y, alrededor, la selva. ¡Cuánta corteza de árbol
en que ningún cuchillo de viajero
grabó la letra, el rumbo!
¡Cuánta hoja diciendo su idioma incomprensible!
¡Cuánta raíz a la que no desciendo!
 
Bajo mis ojos han pasado ríos
anónimos, fugaces.
Se iban en murmullos, sí, pero no cuajaban
en palabra de espejo
sino en profunda voz de abismo, en suave
invitación a convertirme en agua.
 
Con paso cauteloso me arrimé al campamento
de los hombres. Me vieron
con esos mismo ojos que calculan
el peso del ganado
o la totalidad de la cosecha.
Sin hablar me pusieron un lugar en la mesa,
me dieron un bocado y después la madrina
me señaló el quehacer, me ordenó la faena.
 
Aquí estoy. Tejedora, lavandera,
desgranadora de maíz y, a veces, en la noche
cuando el sueño no acude,
relatora de historias.
 
Cuento la eterna lucha de los dioses
para vencer al caos
y las primeras peregrinaciones
y los que se perdieron o acabaron
antes de presenciar el milagro del alba.
 
Cuento de las ciudades, gloria de un día y luego
olvido de los siglos.
 
Otras cosas también; astucias de animales
pequeños. Y victorias
del hazañoso que arrancó la piel
al león, al tigre o que engañó a la zorra.
 
De mí no sé. Devano las memorias ajenas.
Pero hay entre la tribu
uno que no es igual a los demás, que inventa,
que da nombre a los seres
y que forma figuras de barro con las manos.
 
Ése me ha prometido
decirme alguna vez las sílabas exactas
que desde la creación me pertenecen.
 
Me las dirá en la fecha marcada por los astros
pues no quiere que el dueño
se apodere de ellas, ni que el otro
las use como un pobre utensilio cotidiano.
 
Me ha dicho: será el nombre
con que te llame tu hijo
cuando tenga hambre o miedo de estar solo.
Y ha puesto entre mis manos este pedazo de ámbar
para que me recuerden
después, cuando yo muera aquellos que me amaron.

 

jueves, 12 de mayo de 2022

Rosario Castellanos. Al pie de la letra

 
 
Vine de lejos. Olvidé mi patria.
Ya no entiendo el idioma
que allá usan de moneda o de herramienta.
Alcancé la mudez mineral de la estatua.
Pues la pereza y el desprecio y algo
que no sé discernir me han defendido
de este lenguaje, de este terciopelo
pesado, recamado de joyas, con que el pueblo
donde vivo recubre sus harapos.
 
Esta tierra, lo  mismo que la otra de mi infancia,
tiene aún en su rostro,
marcada a fuego y a injusticia y crimen,
su cicatriz de esclava.
Ay, de niña dormía bajo el arrullo ronco
de una paloma negra: una raza vencida.
Me escondía entre las sábanas
porque un gran animal
acechaba en la sombra, hambriento, y sin embargo
con la paciencia dura de la piedra.
Junto a él ¿qué es el mar o la desgracia
o el rayo del amor
o la alegría que nos aniquila?
 
Quiero decir, entonces,
que me fue necesario crecer pronto
(antes de que el terror me devorase)
y partir y poner la mano firme
sobre el timón y gobernar la vida.
 
Demasiado temprano
escupí en los lugares
que la plebe consagra para la reverencia.
Y entre la multitud yo era como el perro
que ofende con su sarna y su fornicación
y su ladrido inoportuno, en medio
del rito y la importante ceremonia.
 
Y bien. La juventud,
aunque grave, no fue mortal del todo.
Convalecí. Sané. Con pulso hábil
aprendí a sopesar el éxito, el prestigio,
el honor, la riqueza.
Tuve lo que el mediocre envidia, lo que los
triunfadores disputan y uno solo arrebata.
Lo tuve y fue como comer espuma,
como pasar la mano sobre el lomo del viento.
 
El orgullo supremo es la suprema
renunciación. No quise
ser el astro difunto
que absorbe luz prestada para vivificarse.
Sin nombre, sin recuerdos,
con una desnudez espectral, giro
en una breve órbita doméstica.
 
Pero aun así fermento
en la imaginación espesa de los otros.
 
Mi presencia ha traído
hasta esta soñolienta ciudad de tierra adentro
un aliento salino de aventura.
 
Mirándome, los hombres recuerdan que el destino
es el gran huracán que parte ramas
y abate firmes árboles
y establece en su imperio
sobre la mezquindad de lo humano la ley
despiadada del cosmos.
 
Me olfatean desde lejos las mujeres y sueñan
lo que las bestias de labor si huelen
la ráfaga brutal de la tormenta.
Cumplo también, delante del anciano,
un oficio pasivo:
el de suscitadora de leyendas.
 
Y cuando, a medianoche,
abro de par en par las ventanas, es para
que el desvelado, el que medita a muerte,
y el que padece el hecho de sus remordimientos
y hasta el adolescente
(bajo de cuya sien arde la almohada)
interroguen lo oscuro en mi persona.
 
Basta. He callado más de lo que he dicho.
Tostó mi mano el sol de las alturas
y en el dedo que dicen aquí «del corazón»
tengo un anillo de oro con un sello grabado.
 
El anillo que sirve
para identificar a los cadáveres.