lunes, 17 de enero de 2022

Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada

 
 
Puedo escribir los versos más tristes está noche.
 
Escribir, por ejemplo: «La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
 
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
 
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
 
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
 
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
 
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
 
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
 
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
 
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
 
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
 
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
 
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
 
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
 
 

domingo, 16 de enero de 2022

Juan Manuel Roca. Ciudadano de la noche

 
César Vallejo
Invita a sus amigos a una cena.
Se pide ser puntual, traer pan y no usar collares de granizo.
Hay suficiente frío en la alacena.
 
La voz anuncia que empieza a caer en París un aguacero.
No le importe venir:
Los pronósticos del tiempo
No son los de la muerte.
 
Al fondo está el salón
Donde el tiempo raído del invierno,
O quizás los imprevistos, dejan ver
Tan sólo una pareja de silenciosos
Comensales: el poeta y su sombra.
 
Viste mejor la sombra que el poeta,
No se le ven los pliegues que han dejado en el traje de su amigo,
París, los húmeros mal puestos, la lluvia,
El remoto viaje de Trujillo hasta Lima.
 
César Vallejo
Invita a sus amigos a una cena.
Se pide ser puntual, traer vino
Y no olvidar en casa su nómina de huesos.
Hay suficiente espacio, suficiente espacio en su silencio.
 
La voz se hace más meliflua en la radio,
La voz que invita a los amantes a cubrir
De otra piel su desnudez.
 
Al otro lado de la noche
César Vallejo dibuja en los restos del café,
En su oscuro sedimento,
Al diluido hermano de juegos
Que tiene en el fondo del pocillo
Los rasgos de la muerte.
 
Es otro juego al que regresa con su hermano Miguel:
La muerte, como los niños, escamotea cuerpos
Cuando juega al escondite. Por algún recodo de la noche,
Vallejo busca a su hermano
En salones y zaguanes de otro mundo.
 
Ya no se oye la voz de la cantante
Y hay quien dice que la muerte toca el sol, toca la quena.
 
César Vallejo
Invita a sus amigos a una cena.
 
Se pide ser puntual,
Traer también al desconocido y su señora.
 
 

viernes, 14 de enero de 2022

Ángel González. 101 + 19 = 120 poemas

DISCURSO A LOS JÓVENES

 

De vosotros,

los jóvenes,

espero

no menos cosas grandes que las que realizaron

vuestros antepasados.

Os entrego

una herencia grandiosa:

sostenedla.

Amparad ese río

de sangre, sujetad con segura

mano

el tronco de caballos

viejísimos,

pero aún poderosos,

que arrastran con pujanza

el fardo de los siglos

pasados.

 

Nosotros somos estos

que aquí estamos reunidos,

y los demás no importan.

 

Tú, Piedra,

hijo de Pedro, nieto

de Piedra

y biznieto de Pedro,

esfuérzate

para ser siempre piedra mientras vivas,

para ser Pedro Petrificado Piedra Blanca,

para no tolerar el movimiento,

para asfixiar en moldes apretados

todo lo que respira o que palpita.

A ti,

mi leal amigo,

compañero de armas,

escudero,

sostén de nuestra gloria,

joven alférez de mis escuadrones

de arcángeles vestidos de aceituna,

sé que no es necesario amonestarte:

con seguir siendo fuego y hierro,

basta.

Fuego para quemar lo que florece.

Hierro para aplastar lo que se alza.

 

Y finalmente,

tú, dueño

del oro y de la tierra,

poderoso impulsor de nuestra vida,

no nos faltes jamás.

Sé generoso

con aquellos a los que necesitas,

pero guarda,

expulsa de tu reino,

mantenlos más allá de tus fronteras,

déjalos que se mueran,

si es preciso,

a los que sueñan,

a los que no buscan

más que luz y verdad,

a los que deberían ser humildes

y a veces no lo son, así es la vida.

 

Si alguno de vosotros

pensase

yo le diría: no pienses.

 

Pero no es necesario.

Seguid así,

hijos míos,

y yo os prometo

paz y patria feliz,

orden,

silencio.