jueves, 12 de mayo de 2022

Rosario Castellanos. Al pie de la letra

 
 
Vine de lejos. Olvidé mi patria.
Ya no entiendo el idioma
que allá usan de moneda o de herramienta.
Alcancé la mudez mineral de la estatua.
Pues la pereza y el desprecio y algo
que no sé discernir me han defendido
de este lenguaje, de este terciopelo
pesado, recamado de joyas, con que el pueblo
donde vivo recubre sus harapos.
 
Esta tierra, lo  mismo que la otra de mi infancia,
tiene aún en su rostro,
marcada a fuego y a injusticia y crimen,
su cicatriz de esclava.
Ay, de niña dormía bajo el arrullo ronco
de una paloma negra: una raza vencida.
Me escondía entre las sábanas
porque un gran animal
acechaba en la sombra, hambriento, y sin embargo
con la paciencia dura de la piedra.
Junto a él ¿qué es el mar o la desgracia
o el rayo del amor
o la alegría que nos aniquila?
 
Quiero decir, entonces,
que me fue necesario crecer pronto
(antes de que el terror me devorase)
y partir y poner la mano firme
sobre el timón y gobernar la vida.
 
Demasiado temprano
escupí en los lugares
que la plebe consagra para la reverencia.
Y entre la multitud yo era como el perro
que ofende con su sarna y su fornicación
y su ladrido inoportuno, en medio
del rito y la importante ceremonia.
 
Y bien. La juventud,
aunque grave, no fue mortal del todo.
Convalecí. Sané. Con pulso hábil
aprendí a sopesar el éxito, el prestigio,
el honor, la riqueza.
Tuve lo que el mediocre envidia, lo que los
triunfadores disputan y uno solo arrebata.
Lo tuve y fue como comer espuma,
como pasar la mano sobre el lomo del viento.
 
El orgullo supremo es la suprema
renunciación. No quise
ser el astro difunto
que absorbe luz prestada para vivificarse.
Sin nombre, sin recuerdos,
con una desnudez espectral, giro
en una breve órbita doméstica.
 
Pero aun así fermento
en la imaginación espesa de los otros.
 
Mi presencia ha traído
hasta esta soñolienta ciudad de tierra adentro
un aliento salino de aventura.
 
Mirándome, los hombres recuerdan que el destino
es el gran huracán que parte ramas
y abate firmes árboles
y establece en su imperio
sobre la mezquindad de lo humano la ley
despiadada del cosmos.
 
Me olfatean desde lejos las mujeres y sueñan
lo que las bestias de labor si huelen
la ráfaga brutal de la tormenta.
Cumplo también, delante del anciano,
un oficio pasivo:
el de suscitadora de leyendas.
 
Y cuando, a medianoche,
abro de par en par las ventanas, es para
que el desvelado, el que medita a muerte,
y el que padece el hecho de sus remordimientos
y hasta el adolescente
(bajo de cuya sien arde la almohada)
interroguen lo oscuro en mi persona.
 
Basta. He callado más de lo que he dicho.
Tostó mi mano el sol de las alturas
y en el dedo que dicen aquí «del corazón»
tengo un anillo de oro con un sello grabado.
 
El anillo que sirve
para identificar a los cadáveres.
 

martes, 10 de mayo de 2022

Roberto Fernández Retamar. Que veremos arder

DESAGRAVIO A FEDERICO

 

En un poema (por otra parte más bien malo) acabo de leer, y me ha

impresionado,

Que no se grabó tu voz, de la que tanto hablan los que te conocieron;

Que no se grabó tu voz, y que esos nuevos viejos,

Esos hombres de más de sesenta años que empiezan ahora a extinguirse en masa,

Y que fueron tus maravillados coetáneos,

Están, al morirse, llevándose consigo, borrando de la tierra la última memoria de tu voz.

Dentro de poco tiempo (digamos otros treinta años),

No quedará nadie en el planeta

Que pueda recordar cómo tú hablabas,

Cantabas,

Reías,

Presumiblemente llorabas.

Tu voz será olvidada para siempre.

 

Así también serás todo tú olvidado

Dentro de trescientos,

Tres mil

O treinta mil años.

Quizás se olvide hasta la idea misma de la poesía,

Eso de que eras dueño,

Y que por una parte mira a las palabras

Y por la otra al alma.

Hay pues que apresurarse

A hacerte el desagravio,

Fresca todavía la muerte.

 

Porque después de un deslumbramiento adolescente,

En que te pasábamos de mano en mano, hecho tan sólo un nombre, como Sócrates o Leonardo

(los otros eran Machado, Unamuno, Martí, Neruda, Alberti.

Sólo Juan Ramón y tú

Eran Juan Ramón y Federico);

Después de entonces,

Llegaron los otros

Y vinieron los días de negarte.

Qué injusticia, Federico,

Qué injusticia —quizás imprescindible: los vivos se nutren de los muertos,

Pero no lo proclaman—.

 

Ahora es necesario que rindan homenaje

No sólo los discurseros

Y los que te hacen biografías y estudios,

Sino los negros magníficos que amaste y que desafían a perros y a blancos,

Las diez mil prostitutas que prometen desfilar por Santiago de Chile,

Los pobres muchachos equívocos, las salamandras de cinco patas, arrojados del mundo,

Los sobrantes, los estupefactos.

Y los poetas.

 

Ahora que vamos a tener la edad

Que es la tuya para siempre,

Es un acto de justicia

Tan fatal, tan necesaria como la otra injusticia,

Decir que teníamos razón entonces, a la salida apenas de la niñez,

Cuando Federico era un hombre electrizado,

Una llama que se intercambia en las tinieblas,

Un tesoro, un amigo inolvidable arrebatado en la noche en que empezó el invierno.

Sabías más, eras mejor, y el candor o la inocencia

O la avidez o el desamparo

Te descubrían para crecer.

 

Mi raro, mi sobrecogedor hermano mayor,

Antes de que desaparezcas para siempre,

Con los tobillos rotos, complicados instrumentos músicos al cuello,

Los ojos arrasados en lágrimas,

El pecho y la cabeza agujereados;

Antes de que desaparezcamos para siempre,

Voy a abrazarte, más bien emocionado,

En este viento que nos enseñaste a nombrar

Con palabras que te ibas sacando del bolsillo,

Y eso que para entonces ya estabas muerto, muerto,

Y no eras sino páginas, y ya habían empezado a perderse

Las palabras de carne y hueso que hicieron estremecer al mundo

Hasta ese agosto de 1936, hace ahora treinta años,

En que las bestias siempre al acecho te fusilaron porque sí,

Porque todo,

Porque así se terminan los poetas.