domingo, 3 de abril de 2022

Waldo Leyva. El rasguño en la piedra

SOLO DE FLAUTA

I

La caída de una estrella, esa cinta de luz bajando el cielo, ese simple parpadeo nocturno, tan fugaz, que al instante uno se pregunta si realmente pasó; puede moverte en el tiempo sin contemplación alguna, lanzarte de golpe a la infancia, al primer llanto provocado por la soledad. Eres de pronto el niño en la puerta del fondo de una casa sin suerte, contemplando cómo el viento desespera las hojas de yagrumas, descubriendo ruidos que posiblemente no existen, risas que nadie ríe, lamentos lejanos, sonidos que la noche se inventa para salvar la ausencia de la luz.

II

Yo nunca fui feliz. He buscado desesperadamente la felicidad. Pensé que la mejor forma de hallarla era entrar en el amor de la gente, repartirme en ellos, dar lo que nunca he tenido, vencer mi ausencia llenando la de los demás, pagar por una risa ajena toda mi capacidad para reír. Ha sido inútil. No soy feliz y aquellos que me tocan tampoco pueden serlo.

III

La cobardía, ¿qué es? ¿Por qué ando pensando en ella día y noche, revisando cada recodo de mi vida para encontrar la rajadura por donde entró, si acaso entró? Porque tal vez está ahí desde siempre, sentada sobre mi corazón, obligándome a renunciar, poniéndome en la boca las palabras que preciso, no para mí, sino para ser el que los otros necesitan.

IV

Me duele la cabeza, tengo un dolor enorme en la cabeza, como si unas  tenazas gigantes apretaran, al mismo tiempo, todos sus lados. ¿Y si no hiciera más resistencia? ¿Si la dejara estallar? ¿Si ese dolor, libre, saliera a chorros? ¿Si se vaciara sobre la tierra? ¿Terminaría? Me duele la cabeza. Tengo un dolor enorme de cabeza.

 

viernes, 1 de abril de 2022

Julio Cortázar. Final del juego

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. 

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 

martes, 29 de marzo de 2022

Santos Domínguez. La orilla del invierno

LA ORILLA DEL INVIERNO (Fragmentos)
 
I
 
Surcarás otros mares de amarga geografía.
Volverá con las naves la paloma del sueño,
el velo del ocaso, la túnica del alba fría de los inviernos.
II
 
Sobre este mar de sueños el ocaso te avisa
acantilados. Sube
a la gavia más alta.
Date al recuerdo, cruza la estela de la espuma
azul de las trirremes: ceniza leve, sombra
arcana de los días.
Noche
antigua del sentido.
III
 
Vuelves a la ciudad dormida. Las hogueras,
presagio ritual de la noche de niebla
en los bosques fluviales. Sobre los arrabales,
la lepra de los muros y las torres del sueño.
Decadencia del mundo al sur de la penumbra.
IV
 
La ruina de los templos, la hojarasca,
el musgo en el jardín y el peristilo,
indicios, Livio, dan en esta noche
del rito de las horas: el salitre en la oscura
acrópolis del tiempo.
Avisa a los augures. Por la almena
de ortigas y cicuta, el centinela
pide la contraseña al verdín que ya gana
con sus manos leprosas
el teatro y las puertas negras de la muralla.
V
 
Lenta baja la tarde hacia los arrabales
del sueño o de la luz:
tras la niebla encendida
el agua recupera el pulso subterráneo
del tiempo: ya es de noche.
VI
 
¿Qué oscuro capitán lleva la nave a un puerto
de poniente, a la niebla cruel del acantilado?
Seguimos en silencio
el ritmo indiferente de las constelaciones.
VII
 
Fanal de la nostalgia: detrás de la necrópolis
por el valle galopa el caballo del sueño:
sus cascos oscurecen las aguas pantanosas
de la marisma turbia.
Tabletea por el puente de musgo y hiedra negra:
ah, frágil recorrido del hombre hacia la sombra.
VIII
 
Con esa obstinación inútil de las olas
que van y vienen, van
y reiteradamente vuelven,
tu corazón se rompe contra el acantilado
alto de las estrellas
calcáreas e impasibles.
IX
 
Mascarones de ausencia y sargazos de niebla
cruzan los litorales de tirso y malvavisco.
Esta noche de invierno fermentan los recuerdos:
el mar es un caballo con las crines de espuma
y hay brea en la tristeza licuada de los puertos.
X
 
Litoral de los sueños: la torre blanca, el musgo
y los puentes de niebla en los pinares negros.
Sólo vuela el vencejo, procesión agorera
de las noches del mundo.
¡Ah, mar caliginoso de diciembre y ventiscas!
 
 

lunes, 28 de marzo de 2022

Juan Gelman. El juego en que andamos

EL JUEGO EN QUE ANDAMOS

 

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta salud de saber que estamos muy enfermos,

esta dicha de andar tan infelices.

 

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta inocencia de no ser un inocente,

esta pureza en que ando por impuro.

 

Si me dieran a elegir, yo elegiría

este amor con que odio,

esta esperanza que come panes desesperados.

 

Aquí pasa, señores,

que me juego la muerte.