viernes, 15 de julio de 2022

Santos Domínguez. Principio de incertidumbre

 
Soy el guardián del hielo
José Watanabe
 
 
Desde los altos muros de la tarde
las máscaras del tiempo ya no te reconocen,
ni el mar intransitivo ni el paisaje insumiso
ni el ave sin memoria entre un silencio y otro.
 
Entre el arma y la herida, entre el pie y la pisada,
vigilan con antorchas los lagos solitarios
de los reyes del bosque.
Son guardianes del hielo.
 
Guardan en la memoria la piedra de la lluvia
y en cráteras secretas, el viento del otoño
que aviva el fuego y da cenizas a la tarde.
 
En el roble sagrado, el fulgor de la savia
y la luna fecunda que crece en las cosechas
fermentan los melismas quebrados del paisaje.
 
Viene una luz sin dueño, una luz que desciende
lentamente al silencio,
a un último rumor de copos o cenizas
o repite su imagen
en los espejos grises de los lagos.
 
Se despeña esa luz por la boca de un pozo
al filo de la noche, al agua sin camino,
con números enteros, con la vaga nostalgia
que deposita el día sobre la arena.
 
Flota sobre el recuerdo, sin nombre ya y sin tiempo,
un sueño de cristal,
la mansedumbre ciega de la noche
y esta luz que no pesa
y se posa en las sílabas blancas de las ausencias.
 
En la llama que tiembla
contra un terror vacío de cuevas y catástrofes,
aterido yo mismo ante el espanto ahora
 
 

sábado, 2 de julio de 2022

Raúl González Tuñón. El violín del diablo

 
 
I
 
A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes, y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata amigo. La vida es dura
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa:
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
 
II
 
Lamparillas de la kermesse.
Títeres y titiriteros.
Volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool y de Suez.
 
III
 
Teatritos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría:
Paraísos Artificiales.
 
IV 

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
—¡Aquí hay títeres y refrescos!
Pero sobre todo mujeres
para los hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos, en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
¡Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown!
Y el trala-trala-trálala,
ritma en tu viejo corazón.

 
Estampas. Luces. Musiquillas.
Misterios de los reservados
donde entrarán casi a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta, casi idiota
y tragicómica y grotesca.
—¡Pero otra esperanza remota
de vida miliunanochesca!...
 
V
 
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire...
nos engañaremos, no hay duda.
Si desnuda, nunca muy desnuda,
si barbuda, nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo...
¡qué lindo es ir a ver
la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
 
VI
 
—Y no se inmute amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza:
¡Si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura!...