miércoles, 5 de enero de 2022

Juan Gelman. Gotán

GOTÁN

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,

desde la nuca le subía un encanto particular,

una especie de olvido donde guardar los ojos,

esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

 

Atención atención yo gritaba atención

pero ella invadía como el amor, como la noche,

las últimas señales que hice para el otoño

se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

 

Dentro de mí estallaron ruidos secos,

caían a pedazos la furia, la tristeza,

la señora llovía dulcemente

sobre mis huesos parados en la soledad.

 

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,

con un cuchillo brusco me maté,

voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,

él moverá mi boca por la última vez.

 

martes, 4 de enero de 2022

Santos Domínguez. Regulación del sueño

 
                     Dante, Paraíso, XIII, 77-78
 
Nos arrastran los signos, la esfera de la noche,
el tiempo sumergido con pulsaciones líquidas,
hacia lo hondo, hacia arriba,
hacia la rosa de agua que arde azul sobre el lago.
 
Arquetipo espiral, gota de agua,
que cae y se concentra al fondo de sí misma,
al abismo interior, al espacio que deja
la luz curva del tiempo
en los bosques furtivos donde el otoño gime
con luz de escalofrío.
 
El latido del mundo y sus genealogías:
hipótesis o gesto, alcaraván o espuma
latente en la penumbra de formas jeroglíficas.
               
Así, desde el origen, desde la fuente antigua
el vórtice que gira sin pausa en el abismo
la voluta que asciende,
inmóvil remolino que se alza y se desata
y se rompe en espumas.              
 
Va a un río innumerable, al vértigo del árbol
reflejado en el agua que fluye renacida
por el prado sin viento, hacia la claridad.
 
Tiene la edad oscura de la noche,
la rotación del centro de un sol líquido y negro.
 
Flujo del ser, sustancia del origen,
fuente secreta, giro hacia lo más profundo:
descenso hacia lo hondo en donde todo es nombre.
 
Música del jazmín, sabor incandescente
del trueno, itinerario, brasas de la memoria
en el espacio quieto de la noche.
 
Allí es donde trabaja
la mano temblorosa del artista.
 
 

domingo, 2 de enero de 2022

Santos Domínguez. Vías aéreas

 
Hoy es siempre todavía.
         Antonio Machado
 
Vienen de un territorio indescifrable
que no pintan los mapas,
del espanto de noches anteriores al fuego,
de una enumeración perdida en las tinieblas.
 
Vienen de mucho antes del prólogo del mundo,
de un abrazo asustado y un terror prodigioso
que inventó los conjuros y encendió las hogueras
con temblor desvalido.
 
Vienen del frío ancestral de las constelaciones,
del llanto primordial
que cae sobre las piedras y sobre las semillas.
 
Vienen del desamparo de la noche y del hielo
con manos temerosas
que encienden de penumbras la pared de la cueva.
 
Vienen rodando lentas, vienen de las caídas,
de los ojos cerrados por dentro y de la sangre,
de las horas sin tregua y la vergüenza ajena,
vienen desde el secreto de los meses lunares,
de noches tentativas, de la sombra de un río.
 
Vienen de donde caen las cenizas, los húmeros,
de los ritmos antiguos del agua y las cosechas.
Vienen de la incontable soledad de las cifras,
de las huellas vacías, del sigilo y el cero.
 
Vienen de los crepúsculos lentos del desconsuelo,
de las noches más negras y los días más solos,
de las sillas vacías y los sitios oscuros.
 
Vienen del abandono en medio del desierto,
de noches anteriores
a las noches que anegan el corazón de nieve,
de un mar que no es el mismo de todos los veranos.
 
Vienen para habitar en la garganta
estrecha de los juntos que la memoria tiende
como un puente inseguro de lentos miedos altos
y vértigos sin fondo.
 
Son las palabras que arden para encender hogueras
que espanten la serpiente nocturna de la escarcha.
 
Al calor de ese fuego, circulares y heridas,
contra la cueva oscura,
se despliegan las manos en busca de consuelo.
 
 

sábado, 1 de enero de 2022

Santos Domínguez. Plaza de la palabra

 
 
D’altri diluvi una colomba ascolto.
                         Giuseppe Ungaretti
 
Vengo de donde mide su conjetura el aire,
de la raíz antigua de la piedra y la música,
de las palpitaciones verdes de la madera,
de los primeros ríos que cruzaron los pájaros.
 
Yo vivo en la intemperie donde vive el vacío,
donde crece una nube de granizo
y habita la serpiente,
bajo un cielo sin música que alimenta tormentas.
 
Antes que los caldeos enunciaran el número
para cifrar los astros y su oscuro latido,
ya vivía en el agua interior del planeta
y en las germinaciones de una dura semilla.
 
Como los temporales, yo vivo en la intemperie
y cruzo las palabras como quien cruza un bosque,
porque sabe que al fin la luz será con ellas
y latirá en el pulso primero de los pájaros
y en las germinativas raíces de los ríos.
 
Yo vengo de un lugar de baluartes
y argamasas primarias.
Yo vivo en la intemperie del adverbio,
vivo en la carne viva de la palabra mundo
y en lo que ella contiene de veneno y belleza.
 
Con tiempo y con arena definí los espacios
propicios para el canto. Y antes de celebrar
el transcurso callado de la sangre en las venas,
lamenté un pecho inmóvil y unos ojos opacos.
 
Yo soy el que en la noche
pesa a plomo el silencio y destila el mercurio,
quien acaricia el hielo
y espera la llegada del sol por los pinares.
 
Yo soy el que alimenta
el silencio parado de un animal que acecha
su minuciosa dosis de minutos.
 
Hoy dibujo lo mismo la flor de la vainilla
que el diluvio en un sauce,
la transparencia azul de la tristeza
lo mismo que la herida que gime ante la hormiga.
 
Soy el que guarda el fuego, el que prende el pabilo,
el que espera cansado
sobre los adjetivos y las declinaciones
mientras arde en los altos campanarios
la claridad caliente de la tarde.
 
Soy el que incendia el pasto al final del verano,
el que pudre los pozos y envenena las fuentes.
 
Nadie sabe mi nombre.
Soy el insomne, el ciego,
el que no tiene nada y el que nada pretende.
 
Soy la salmodia amarga de un reflejo,
la letanía de un eco, la liturgia
vacía del oscuro,
en el fondo del fango, en la penumbra.
 
Muro de fuego y cólera, vidrio que arde o persiste
bajo la luz del número en la fragua del tiempo
donde un nueve de lunas convoca sobre el yunque
su arista de misterio, su ritmo de metales.